Educación Rural en Guatemala: Crónicas de Héctor
April 28, 2009
Desde 2007, Héctor trabaja como maestro en la Escuela Rural Mixta de la comunidad Los Gonzales del Departamento de Quiché, que pertenece al PRONADE. En el siguiente artículo, María Fernanda relata su encuentro con él, y sus reflexiones acerca de la educación rural en Guatemala.
Viernes 7:30 am. Puntual, me espera Héctor en su moto en la puerta del hotel donde se hospedaba el equipo editorial de Idebate.ñ. El cielo, luminoso a pesar de estar en temporada de lluvias, está cargado de nubes, densas y esmaltadas; formaciones que tiempo atrás atestiguaron el nacimiento y auge de una de las civilizaciones más renombradas en la Historia de la Humanidad.
Nacido en Santa Cruz del Quiché, Héctor Augustín Lux Osorio de 20 años de edad y andar tranquilo, reparte su vida entre su ciudad natal y Chiché, uno entre 36 municipios que conforman el Departamento de El Quiché. A sus 18 años, en el 2,006, Héctor se recibió del magisterio, cuyo currículum incluye prácticas en escuelas orientadas a proveer de experiencia a los/as futuros/as docentes. La razón por la cual eligió el magisterio es que “da una mejor base para la universidad, existe una gran variedad de cursos (Biología, Química, Historia, Estadística, Matemática entre otros), que tienen mucho que ver para ingresar a la Universidad”. En su caso, su práctica duró unos 6 meses y tuvo lugar en la Escuela Oficial Urbana Mixta Miguel Alvarado, en Santa Cruz del Quiché; le permitió poner en práctica lo aprendido durante sus casi 3 años de magisterio y vivir la experiencia de compartir y a la vez enseñar a niños y niñas. “Se comienza con distintas etapas. Las primeras dos semanas son de observación, luego siguen las clases sueltas (se da una clase o curso durante 30 a 45 minutos). Luego viene la práctica formal, de un mes y medio, donde se toma el papel del maestro de planta. Finalizada la práctica, se da inicio con los exámenes finales y luego de pasar por todo esto todos los alumnos que aprueben se gradúan del magisterio.
Desde marzo de 2,007, Héctor realiza una suplencia en la Escuela Oficial Rural Mixta Sector Los Gonzáles, que pertenece al PRONADE (ver recuadro), es decir, es una institución privada que recibe fondos de las distintas entidades que la apoyan y también de los padres de familia, quienes aportan una cuota. Cuando pedí a Héctor que me cuente qué recordaba de su primera clase, contestó que: “El viaje, lo lejano, vas viendo como dejas atrás todas las demás escuelas. Luego de esa escuela ya no existe otra más allá. Llegué en la moto de compañero Keny, el maestro oficial, que fue quien me propuso ser suplente de él cuando el no pudiese llegar a la escuela. Me dijo si quería ayudarlo pero no sabía donde quedaba la escuela. Entonces se ofreció a llevarme. El viaje fue largo la primera vez.”
Doy fe. Subida a la moto de Héctor, estamos camino a la Escuelita rural de la comunidad Los Gonzales (¿la razón del nombre? Aparentemente, la gran mayoría de las familias de la zona se apellidan Gonzales). Cuando salí a la puerta del hotel y vi la moto sentí pánico; sólo una vez me había subido a una moto, me dan miedo. Sumando, las carreteras rurales son peligrosas, están deterioradas. Sin embargo, entendí que tenía dos opciones: subir a la moto o no llegar hasta la escuelita, probablemente no habían alternativas de acceso. Y no me equivocaba. Sabía que el premio iba a ser disfrutar el paisaje. Tampoco me equivocaba.
Los colores predominantes son el verde de la vegetación y el rojizo de la tierra. La carretera, de tierra y piedra, es relativamente angosta (suficiente espacio para que pasen dos carros), con subidas y bajadas y pasajes semi circulares. Los paisajes, a ambos costados, tienen vida propia: tomás una curva, una subida o bajada y, súbitamente, se abre ante los ojos una fotografía única que corta el aliento de tan bonita: el cielo abierto y celeste, una milpa verde brillante, una formación de árboles entrelazados entre sí escondiendo una aldea, una pared que desnuda el ser rojizo de la corteza terrestre. De todos los paisajes el más bonito es el humano. A los costados de la carretera, desde muy temprano, hombres y mujeres adultos y niños y niñas, al andar hacen camino, pasito a pasito. Al pasar cortando con el ruido de nuestro motor su calma milenaria y enmarcados por paisajes cargados de Historia, nos devuelven miradas silenciosas pero penetrantes de ojos maíz negro. Ellas, vistiendo sus güipiles, faldas y coloridos perrajes tejidos a mano, sonríen tímidas y se miran entre sí, a veces, agachando sus cabezas. Ellos levantan la mano y nos extienden su saludo amistoso, al cual respondemos con un tocar de bocina. A diario por las mañanas, comienzan a aparecer desde el horizonte, caminando desde sus aldeas, hombres y mujeres laboriosos que, silenciosamente, cumplen tareas con alegría, dedicación, sistematicidad y esfuerzo.
Un poco por la distancia, un poco porque pedí expresamente a Héctor que no acelerase más allá de los 50 kilómetros por hora, llegamos a la escuelita alrededor de las 8.30 am. Justo antes de llegar, nos cruzamos con Micaela que, como sus compañeros/as llegaba caminando hasta la escuela cargando manuales, cuadernos y lápices. Al llegar, tocamos la campana y los/as niños/as, que jugaban dispersos bajo el fuerte sol en el verde que rodea la escuela (algunos al fútbol, otros, a la bolita –un juego complicado que no logré entender y para el que despliegan admirables habilidades), se concentran corriendo, riendo y gritando en perfecta formación. Antes de entrar a la escuela, cada uno de ellos me extiende una mano en señal de respetuoso saludo. Todos/as visten en forma impecable. Pienso que detrás de esa cualidad siempre se esconden una mamá y un papá que buscan trasmitir a sus hijos e hijas la importancia de la educación. Mamás y papás para quienes la educación de los hijos e hijas es tanto un deber ser de nuestro ser en sociedad como una entre las herramientas disponibles para ser reconocidos en nuestra digna humanidad ante la mirada del otro. La estructura de las relaciones familiares son una de las determinantes clave de la educación en las comunidades rurales. En gran medida, dicha estructura está moldeada por las relaciones de producción que allí existen. Desde la perspectiva de un poblador urbano, muchos quichelenses repiten que los papás y mamás de zonas rurales no priorizan la educación de los hijos/as sino su ingreso en actividades productivas. Dicha lectura pone el peso en la variable cultura; presupone que la insuficiente importancia que las comunidades nativo chichelenses dan a la educación es parte constitutiva de su corpus de valores culturales. Sin embargo, la dedicación que noto en la vestimenta y materiales de estudio de los/as niños/as parece negar esa idea. “No es que los padres quieran explotarlos. La misma necesidad llama a que los niños trabajen a la par de sus padres, que hacen un esfuerzo para mantener a su familia en pie y que sus necesidades básicas no les hagan falta. La problemática de fondo es la pobreza. Si hubiera una explotación se vería, se daría a conocer. En la mayoría de las escuelas se ve el interés de sus padres porque los hijos aprendan”, me explica Héctor, volviendo a conciliar lo que percibo con su explicación. Acto seguido, pregunto a Héctor qué piensa frente a las personas que atribuyen la deseducación rural a los valores tradicionales de las comunidades. La respuesta está cruzada por otro tipo de estructuras, que articulan con la estructura de las relaciones familiares al interior del hogar rural, las relaciones de género: “Antes sí era parte de la mentalidad que la mujer llegara a tercero primaria y el varón podía seguir hasta sexto primaria y, si no, trabajar. Hoy es distinto, se ve que los padres de familia luchan para que sus hijos sigan estudiando”.
Las edades de los/as alumnos/as de la escuela del área Los González varían entre los 6 y 16 años, aproximadamente. Todos/as comparten una misma y única aula. Héctor es maestro de todos los niveles simultánea y separadamente (asigna a cada grado una tarea específica y supervisa el trabajo diferenciado de todos los grupos a la vez). Los chicos/as se sientan en mesas de dos, una detrás de la otra y en dos filas, agrupándose de acuerdo con su edad y grado. No todas las escuelas rurales son multigrado. Sucede que, “para abrir un grado, necesitás más o menos 25 niños. En el área rural hay insuficiente cantidad de niños para abrir un grado por edad. Los papás no cuentan con recursos suficientes para tener a todos los niños en la escuela. Entonces, algunos tienen que trabajar a la par de los padres, trabajando la tierra, incluso, desde los 5 años”. Esto vale para los varones. En el caso de las niñas, ayudan en el hogar. Pero, en el balance, la pobreza afecta la continuidad de los estudios de varones y mujeres por igual, más allá de la división sexual del trabajo. Es importante entender que las tareas del hogar en una zona rural son particularmente demandantes, dado que las relaciones de producción rurales responden prácticamente a un modelo de economía de subsistencia. Uno de los aspectos más interesantes de la realidad de las escuelas multigrado es la yuxtaposición de sus desventajas con sus ventajas. En palabras de Héctor, “Por un lado dificulta el control para poder atender bien a todos los niños que hay en el grado. Por el otro, a comparación con el área urbana, en el área urbana cada niño tiene un aula y a veces los niños no se llevan bien entre ellos. En el área rural se llevan bien, incluso, los de grados más grandes cuidan de los grados más pequeños”.
Consecuentemente, la escuela multigrado funciona como un espacio capaz de fortalecer los lazos comunitarios, un dato de suma relevancia en el contexto de post-conflicto y reconstrucción democrática que atraviesa Guatemala. De hecho, la escuela multigrado tiene el potencial de producir y reproducir relaciones de género igualitarias. “En la escuela rural hay igualdad entre nenes y nenas; se llevan un poco mejor entre sí que en el área urbana. La interacción en el área rural es un poco mejor porque viven cerca y conviven más tiempo entre ellos”. Estando en la escuela, dicha interacción en términos igualitarios resulta evidente. No es evidente para la ya mencionada mirada urbana sobre las comunidades rurales; parte del falaz argumento culturalista también repite que en las comunidades rurales las mujeres son subyugadas, en contraste con las zonas urbanas donde existe mayor equidad de género. Sin embargo, la propia historia del conflicto de Guatemala, incluso si se la enmarca en la división centro-periferia, pareciera aportar evidencias de contrario. Claro que, más allá de los objetivos del PRONADE, falta mucho camino por recorrer para que la currícula escolar incorpore eficazmente contenidos vinculados al fomento de una cultura de paz y mutuo entendimiento. “Esto se da en Educación Cívica, a partir del segundo primario en adelante, para todos los grados. A veces se da sólo en el área urbana”, explica Héctor.
La educación es, como en toda sociedad, una necesidad imperiosa en Guatemala. De acuerdo con Héctor, “gran parte de la pobreza en Guatemala es por gente que no sabe leer ni escribir; si no se sabe eso no se puede tener un trabajo que genere una ganancia. Hay que dedicarse a los cultivos de manzana, melocotón, durazno, mora, limón, tomate, aguacate, maíz, frijol. Y luego generar una cantidad numerosa para poder exportar a Chimaltenango, la capital o venderlos aquí en el pueblo”. Sumado al analfabetismo, otras problemáticas afectan la capacidad de los pobladores rurales para encontrar empleo: “Aquí, en Guatemala, con un nivel medio es difícil y ellos, en el área rural, como mucho llegan a tercero primaria. No cuentan con suficiente material para aprender. En el área urbana hay más material y acceso a la tecnología. A veces los niños en escuelas rurales no pueden aprender porque hay un maestro para varios grados, en el área urbana cada grado tiene su maestro. Además, los contenidos a veces varían. Son menos exigentes en el área rural. Esto pasa por el temor de que si se les exige demasiado ellos ya no pasan de grado o se retiran de la escuela”. ¿Qué mejoras son necesarias para la educación en el país?: “No todo es deficiencias o falta de apoyos oficiales. A veces los maestros no tienen capacitación para dar bien los cursos. Lo hacen por cumplir objetivos, no para que los niños aprendan. A pesar de que hay educación, hay falta de maestros y de respaldo de las autoridades”.
Héctor, quien enfatiza que “la educación es libre para todos, no importa la edad que se tenga”, tiene una mirada crítica sobre la sociedad y sobre la educación aún cuando “lo mío es la informática”. Es comprometido y rodea de afecto a sus estudiantes, cuyas necesidades conoce. Comparte tiempo con ellos y evita ser desbordado por los agudos desafíos físicos y mentales que implica ser un maestro rural en una escuela multigrado. “El trabajo con niños es a veces, no difícil, sino alegre, productivo, a veces, pesado. Igual uno llega y cumple con los objetivos que tiene”. ¿Recordás alguna anécdota de tu primer experiencia en el magisterio?, pregunto a Héctor. Sonriendo me confiesa que “los niños nos tomaron bastante cariño a los tres practicantes. Todos los niños estaban felices. Tuvimos despedida. Fue la mejor despedida que podríamos haber tenido”. ¿Y qué explica el impacto de tu trabajo?, consulté. “No tanto el trabajo sino la forma en que uno hace su trabajo. Hay maestros que se trazan sus contenidos y siguen sus objetivos pero no tienen en cuenta el ser creativos. No es un aprendizaje de copiar y aprender. Sino que los niños tomen una idea y ellos puedan darse una propia conclusión de lo que ellos están aprendiendo”. ¿Cuál es el rol de los jóvenes en la educación en Guatemala hoy?, pregunté sobre el final de la entrevista. “A veces no hay mucho interés. La juventud se focaliza en desarrollarse y divertirse más que en pensar en un problema que haya dentro de la sociedad”. ñ
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Que todos tenemos derechos para estudiar no importando que dificultades tenemos que pasar para lograr nuestras metas y tener un constante sacrificio para realizar dichas cosas que tenemos en nuestra vida. Todos los padres deben tomar conciencia porque a veces es resposabilidad de ellos porque los niños no estudian.